¿Quién construyó el Templo de Jerusalén y cuándo fue destruido? |

¿Quién construyó el Templo de Jerusalén y cuándo fue destruido?

28. ¿Quién construyó el Templo de Jerusalén y cuándo fue destruido?
PUBLICADO POR: JESAL · NOVIEMBRE 29TH, 2010 CATEGORÍA: PREGÚNTALE AL PADRE JOSÉ

¿Quién construyó el Templo de Jerusalén y cuándo fue destruido?

El Templo de Jerusalén, llamado en lengua hebrea Beit Hamikdash, fue el más importante santuario del pueblo de Israel y fue situado en la explanada del monte Moriah, en la ciudad de Jerusalén. Se puede hablar de dos templos. La construcción del primero estuvo a cargo del rey Salomón, entre 969 y el 962 A.C., aproximadamente. La Biblia lo describe en los capítulos tres y cuatro del Libro Sagrado de las Crónicas. Los sacerdotes levitas y el rey entraban al Templo a través de una gran puerta chapada en oro, de aproximadamente diez metros de alto y cuatro de ancho. Tras esa puerta se encontraba el vestíbulo de entrada y después la estancia principal. La tercera cámara, Santo de los Santos o Sancta Sanctorum se encuentra en la parte trasera, a un nivel más alto y sólo podía accederse a ella subiendo por una escalera. En la parte más importante del templo se ubicaba el Arca de la Alianza. Después de la muerte de Salomón, el Templo sufrió profanaciones por las invasiones y la introducción de deidades siro-fenicias. Se restauró durante los reinados de Ezequías y Josías pero fue destruido en el 587 a.C. por Nabucodonosor II, rey de Babilonia, que llevó como cautivos a gran parte de los habitantes del Reino de Judá. Después del cautiverio en Babilonia, en el año 517 a.C., los persas autorizaron a los judíos a reconstruir lo que sería el segundo Templo. Con las influencias helenísticas posteriores a Alejandro Magno, Antíoco IV, Epífanes conquistó Jerusalén y colocó en su templo la estatua del dios griego Zeus. Esto condujo a la revuelta de los Macabeos, liderada por Judas Macabeo, hasta que se devolvió la libertad del país y se restauró el templo a mediados del 150 a.C. Con la ascensión de la familia Asmonea y la llegada de los romanos, el Templo estuvo nuevamente amenazado de profanación, hasta que en el 20 a.C. el rey Herodes el Grande decidió restaurarlo respetando la planta física del edificio, ampliando los patios y añadiendo los muros exteriores. La superficie del templo aumentó hasta aproximadamente 500 metros de largo por 300 de ancho. El patio interior del Templo se rodeó por un muro formado por tres capas de bloques de piedra cubiertas por vigas de madera de cedro. Posteriormente se añadió en el lado norte la célebre Torre Antonia, fortaleza militar de construcción romana. Al patio interior podían entrar los peregrinos y las masas de fieles, pero el Santuario del Templo sólo era accesible al rey y a los sacerdotes. En los primeros años del cristianismo, Jesús de Nazaret y sus apóstoles estuvieron predicando en el Atrio de los Gentiles. Jesús profetizó la destrucción del Templo, que ocurriría años después de su muerte. La rebelión de los zelotes llevó a la guerra con el Imperio Romano que culminó con la destrucción de la ciudad de Jerusalén y su Templo en el año 70 por las legiones de Tito. El muro occidental es el único que se conserva actualmente y es llamado “Muro de las Lamentaciones”, porque es el punto al que puede llegar el pueblo judío y recordar con lamentaciones que el Templo ha sido destruido y con ello se ha borrado el símbolo de la presencia de Dios con ellos. Después de su destrucción, los romanos intentaron reconstruirlo para convertirlo en templo del dios romano Júpiter, pero esto ocasionó una nueva rebelión entre los años 132 y 135, misma que ocasionó la prohibición para que los judíos vivieran en Jerusalén hasta el siglo VII, en tiempo del Imperio Bizantino.

Primer Templo de Jerusalem – Rey Salomón

OTRAS INFORMACIONES:

En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a su hijo Tito sofocar la violenta revuelta que desde hacía cuatro años sacudía Judea. Tras un duro asedio, Tito logró conquistar Jerusalén y destruyó y saqueó el Templo
Por Antonio Piñero. Universidad Complutense, Historia NG nº 108

En las primeras semanas del año 70 d.C. empezaron a llegar a Alejandría embajadores de todo el mundo mediterráneo, enviados por los gobernadores de las provincias del Imperio y Estados aliados; hasta el rey de los partos se desplazó en persona a la capital egipcia. Todos acudían con un único propósito: felicitar a Vespasiano, el general al que las legiones de Roma acababan de proclamar nuevo emperador.
Vespasiano había llegado al Próximo Oriente cuatro años antes. Nerón, antes de sucumbir a una conspiración contra su tiránico régimen, lo había nombrado gobernador de Judea con una misión muy precisa: acabar con la rebelión de los judíos contra Roma. Su antecesor en esa tarea, el legado de Siria, Cestio Galo, había fracasado estrepitosamente, de manera que Vespasiano se mostró prudente y no quiso atacar de inmediato Jerusalén, la capital de Judea y baluarte de la resistencia. Pero ahora, antes de partir hacia Roma para tomar posesión de su nueva dignidad, el recién nombrado emperador quiso dejar encaminado el problema y encargó a su hijo primogénito, Tito Vespasiano, la conquista de la ciudad sagrada de los hebreos.
El primer asalto

Tito quedó al mando de cuatro legiones: la V Macedónica, la X Fretensis, la XV Apollinaris y la XII Fulminata; en total, unos 60.000 hombres entre legionarios, jinetes, tropas auxiliares, ingenieros e innumerable personal. Una fuerza colosal, a la altura de lo que también era un descomunal desafío. Jerusalén, en efecto, parecía una ciudad inexpugnable. Estaba fortificada con tres murallas y albergaba, además del recinto del Templo, dos tremendas fortalezas: el antiguo palacio de Herodes el Grande, con tres torres imponentes, y la fortaleza Antonia, en el ángulo noroccidental del Templo, con cuatro torres muy potentes. Dentro de la ciudad había dos murallas: una separaba la Ciudad Nueva de la antigua, situada al lado del Templo; la otra cortaba el paso desde este barrio a la Ciudad Alta. Y, finalmente, había un cuarto muro entre la ciudad alta y la baja. La tercera muralla defendía la zona septentrional de Jerusalén, la más llana y propicia a un ataque. Los lados occidental, sur y oriental eran prácticamente imposibles de franquear, pues el desnivel entre los muros y los valles circundantes era muy pronunciado.

Además, en la ciudad se habían hecho fuertes varios grupos de zelotes, una corriente de judíos exaltados que propugnaban desde hacía décadas la rebelión contra el poder romano. Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar ben Simón se repartían el dominio de Jerusalén, en medio de recelos mutuos que desembocaron en una auténtica guerra civil, de la que sería víctima uno de ellos, el sumo sacerdote Eleazar. En su furia sectaria cometieron graves errores, como por ejemplo destruir los depósitos de grano, que según algunos hubieran permitido a Jerusalén resistir durante años un asedio. Pero a la llegada de Tito todos estaban dispuestos a luchar hasta la muerte, y frenaron todos los intentos de los judíos más moderados y pacíficos de llegar a un acuerdo con los romanos.
El sitio de Jerusalén duró cinco meses, de marzo a septiembre del año 70, y conocemos su desarrollo gracias a Flavio Josefo, un judío al servicio de Tito que lo relató detalladamente en su libro La guerra de los judíos. Tito inició el ataque por el norte. Sus tropas desplegaron la impresionante maquinaria de asedio romana: balistas y otros ingenios castigaban a los defensores con un bombardeo de piedras y jabalinas, mientras la infantería trataba de perforar las murallas mediante arietes, vigas de madera montadas sobre plataformas o en torres móviles. Para realizar esta operación era necesario nivelar el terreno, por lo que los soldados construyeron terraplenes de madera con tierra encima. La madera se obtuvo de los bosques próximos, que quedaron totalmente talados en un radio de 20 a 25 kilómetros. Al ver que los romanos estrechaban cada vez más el cerco, los judíos respondieron arrojando antorchas encendidas contra las máquinas de guerra romanas. En una ocasión, incluso, hicieron una salida en masa para incendiar el material bélico romano, pero fueron rechazados por tropas de élite de Alejandría y por la bravura personal de Tito, que arremetió contra los judíos al frente de su caballería y mató él mismo a doce de ellos, según relata Flavio Josefo.
Las máquinas de asalto abrieron un boquete en la tercera muralla, la más exterior, y los romanos penetraron en la Ciudad Nueva. Ocupada la zona, los romanos pudieron preparar el asalto a la Ciudad Vieja, la fortaleza Antonia y el Templo. Ante la feroz resistencia de los sitiados, cuenta Josefo que Tito permitía a sus soldados crucificar cada día a quinientos prisioneros judíos frente a las murallas para intimidar a los que resistían: «Eran tantas sus víctimas que no tenían espacio suficiente para poner sus cruces ni cruces para clavar sus cuerpos».
Caen las murallas
El siguiente objetivo de los romanos fue la segunda muralla, que no tardó en desplomarse. Luego pusieron sitio a la fortaleza Antonia. Tito ordenó construir cuatro nuevos montículos o plataformas para asentar los arietes y otros artilugios y lanzar el asalto. Pero Juan de Giscala había hecho excavar túneles desde la fortaleza hasta el lugar donde estaban los terraplenes; dentro puso madera untada de pez y betún y ordenó prenderle fuego. El resultado fue que el suelo bajo los terraplenes se hundió, sumiendo en la confusión a los romanos. Unos días después, un comando de judíos penetró entre las tropas romanas y, pese a ser atacado con flechas y espadas por todas partes, logró incendiar las armas de asalto enemigas. «En esta guerra no se han visto hombres más audaces y más terribles que éstos», escribe Josefo.
Tito levantó entonces un muro de circunvalación en torno a la muralla de la ciudad, a fin de que nadie de entre los sitiados pudiera salir de noche en busca de alimentos. El bloqueo se hizo sentir pronto y la cruda realidad de la hambruna se adueñó de Jerusalén. Josefo, que entró en la ciudad como embajador del general romano, testimonia los devastadores efectos de esta estrategia: «Los tejados estaban llenos de mujeres y de niños deshechos, y las calles de ancianos muertos. Los niños y los jóvenes vagaban hinchados, como fantasmas, por las plazas y se desplomaban allí donde el dolor se apoderaba de ellos […] Un profundo silencio y una noche llena de muerte se extendió por la ciudad». A ello se sumaba el régimen de terror impuesto por los jefes de la rebelión, que ordenaban asesinar a quienes intentaban huir u ocultar algún alimento. Josefo cuenta el caso de una mujer que mató, asó y devoró a su propio hijo y ofreció a los jefes de la rebelión los restos para que participaran en el macabro banquete.
Finalmente, los arietes romanos lograron derrumbar un muro de la fortaleza Antonia. Aunque Juan de Giscala había erigido un murete interior, éste también fue tomado y los defensores no tuvieron otra salida que huir al Templo adyacente. Éste constituía en sí mismo una tremenda fortaleza y los romanos tuvieron que organizar un nuevo sitio. En esta ocasión, los arietes no bastaron, y los legionarios hubieron de emplear escaleras de asalto para superar la muralla exterior del templo y entrar en el llamado patio de los Gentiles. Juan de Giscala y Simón bar Giora se refugiaron en el recinto interior, desde donde rechazaron las ofertas de rendición de Tito.
La batalla del Templo
El gran atrio del Templo estaba rodeado por un suntuoso pórtico que pronto se convirtió en escenario de los combates. En una ocasión los judíos tendieron una trampa a sus enemigos. Se retiraron a una de las estoas porticadas, y cuando los romanos la asaltaron y ascendieron hasta los tejados prendieron fuego a maderos que previamente habían acumulado allí. Murieron muchos asaltantes, bien por el fuego o arrojándose al patio, donde fueron rematados. Instados por Tito, los legionarios prosiguieron la lucha con redoblada ferocidad. Eran muchos los que exigían al general que destruyera totalmente el Templo, a lo que Tito se resistía, según cuenta Josefo. El mismo autor afirma que fue un soldado quien, sin orden expresa, lanzó por su cuenta una tea contra esta zona interior del templo, de forma que el fuego prendió rápidamente. Tito corrió a impedirlo, pero los soldados no le hicieron caso y arrojaron más teas. Pronto toda la zona santa del Templo fue pasto de las llamas.
La batalla cuerpo a cuerpo continuó en la Ciudad Baja, que también fue saqueada e incendidada. Los archivos, la cámara del Sanedrín y todas las casas y mansiones que se habían salvado hasta entonces quedaron ahora arrasados. La represión de los legionarios romanos fue feroz. Josefo lo expresa con una imagen impactante: «Degollaron a todos aquellos con los que se toparon, taponaron con sus cadáveres las estrechas calles e inundaron de sangre toda la ciudad, de modo que muchos incendios fueron también apagadados por esta carnicería».
Pero las operaciones no terminaron aquí: quedaba aún la parte alta de la ciudad, separada por una muralla, donde se habían hecho fuertes Simón bar Giora y sus partidarios. El antiguo palacio de Herodes, protegido por sus tres tremendas torres, seguía alzándose imponente ante las legiones de Tito. Los romanos construyeron nuevas plataformas para situar los arietes, que reanudaron su tarea. La muralla de la Ciudad Alta se derrumbó por varios sitios y los romanos penetraron por las estrechas callejuelas sin encontrar casi oposición. A estas alturas, el cansancio, el hambre y el desaliento habían minado los ánimos de los sitiados, que se rindieron a los pocos días. Simón bar Giora escapó por unos pasadizos subterráneos, para reaparecer más tarde vestido de blanco y púrpura, enloquecido por el hambre y la sed. Fue capturado y murió ejecutado en Roma.
Esclavizados y desterrados
Judea quedó casi arrasada. Aunque las cifras de muertos o desaparecidos que da Josefo sean exageradas, quizás hubo unos 250.000 damnificados en un país que no debía de llegar al millón de habitantes. La inmensa mayoría fueron vendidos como esclavos; unos pocos se destinaron a combates de gladiadores; otros, a las minas de Egipto, y los menos volvieron a su vida normal en un territorio arruinado. En verdad, como sostenía el propio Josefo, el dios de los judíos se había puesto del lado Roma.
Tito ordenó destruir por completo el Templo y las demás construcciones herodianas; sólo dejó en pie las tres torres del palacio de Herodes como testimonio de «la fortuna del conquistador», escribe Josefo. El templo de David y Salomón ya había sido destruido por los asirios en el año 586 a.C., para ser reconstruido poco después y ampliado según el grandioso plan de Herodes. Pero esta vez no habría nadie para reconstruirlo. Los judíos quedaron desamparados, expulsados de su ciudad sagrada, sin sacerdotes que dirigieran su culto. A partir de entonces se refugiarían en el cumplimiento de la Ley, la oración, las reuniones de la sinagoga y el trabajo silencioso, bajo la guía de los rabinos. Hasta que una última rebelión en su patria, bajo el gobierno del emperador Adriano (131-135), los lanzaría a un largo exilio: la diáspora.
Para saber más
Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús. G. Vermes, F. Millar y M. Black. Cristiandad, Madrid, 1985.
La guerra de los judíos. Flavio Josefo. Gredos, Madrid, 2001.
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El Segundo Templo:

El Retorno a Síon
(538-142 BCE)
A raíz de un decreto del rey persa Ciro, conquistador del imperio de Babilonia, (538 AEC), aproximadamente 50.000 judíos emprendieron el Primer Retorno a la Tierra de Israel, dirigidos por Zerubabel, descendiente de la Casa de David. Menos de un siglo después, el Segundo Retorno fue dirigido por Esdrás el Escriba. Durante los siguientes cuatro siglos, los judíos conocieron diversos grados de autonomía bajo el dominio persa (538-333 AEC) y posteriormente el helenístico (ptolomaico y seléucida) (333-63 AEC).

La repatriación de los judíos bajo el inspirado liderazgo de Esdrás, la construcción del Segundo Templo en el sitio del Primero, la reedificación de los muros de Jerusalem y el establecimiento de la Knéset Haguedolá (Gran Asamblea) como ente religioso y judicial supremo del pueblo judío, marcaron el comienzo del Segundo Estado Judío (Período del Segundo Templo). Dentro de los confines del imperio persa (538-333 AEC), Judea era una nación que se centraba en Jerusalem, cuya dirección estaba confiada al Sumo Sacerdote y al Consejo de Ancianos.

Como parte del mundo antiguo conquistado por Alejandro Magno de Grecia(332 AEC), la Tierra se mantuvo como una teocracia bajo los gobernantes seléucidas con sede en Siria. Cuando se prohibió a los judíos la práctica del judaísmo y su Templo fue desecrado como parte del esfuerzo por imponer a toda la población la cultura y las costumbres con orientación hacia Grecia, los judíos se rebelaron (166 AEC).

Dirigidos en un comienzo por Matatías, miembro de la dinastía de sacerdotes hasmoneos y después por su hijo, Judá el Macabeo, los judíos entraron en Jerusalem y purificaron el Templo (164 AEC), eventos que se conmemoran anualmente durante la Fiesta de Janucá.

Dinastia Hasmonea (142-63 AEC)
A raíz de otros triunfos hasmoneos, los seléucidas (147 AEC) restauraron la autonomía política y religiosa de Judea, como se llamaba entonces la Tierra de Israel y, con la caída del reino seléucida (129 AEC), se logró una completa independencia. Bajo la dinastía hasmonea, que duró alrededor de 80 años, el reino recobró fronteras no lejanas de las del reino de Salomón, se obtuvo una consolidación política bajo dominio judío, y la vida judía floreció.

Bajo dominio romano
(63 AEC-313 EC)

Cuando los romanos reemplazaron a los seléucidas como principal potencia de la región, otorgaron al rey hasmoneo Hircano II, una limitada autoridad dependiente del gobernador romano en Damasco. Los judíos fueron hostiles al nuevo régimen y los años siguientes fueron testigos de frecuentes insurrecciones. El último intento de restaurar la antigua gloria de la dinastía hasmonea fue realizado por Matatías Antígono, cuya derrota y muerte puso término (40 AEC) al régimen hasmoneo, y la Tierra pasó a ser un estado vasallo dentro del imperio romano.

En el año 37 AEC, Herodes, yerno del rey Hircano II, fue designado por los romanos rey de Judea. Poseedor de una autonomía casi ilimitada en los asuntos internos del país, pasó a ser uno de los más poderosos monarcas de la parte oriental del imperio romano. Gran admirador de la cultura greco-romana, Herodes inició un programa de edificaciones masivas que incluyó las ciudades de Cesárea y Sebastia y las fortalezas de Herodión y Masada. Asimismo refaccionó el Templo convirtiéndolo en uno de los más magníficos edificios de su tiempo. Pero, a pesar de sus múltiples logros, Herodes no fue capaz de ganar la confianza y el apoyo de sus súbditos judíos.

Diez años después de la muerte de Herodes (4 AEC), Judea quedó bajo la directa administración romana (6 EC). El creciente enojo contra la supresión romana de la vida judía condujo a violencias esporádicas que culminaron en una revuelta general en el año 66 EC. Las fuerzas romanas superiores, dirigidas por Tito resultaron finalmente victoriosas, destruyendo totalmente Jerusalem (70 EC) y derrotando la última posición judía en Masada (73 EC).

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Masada

Cerca de 1.000 hombres, mujeres y niños que sobrevivieron la caída de Jerusalem ocuparon y fortificaron el complejo del palacio de Herodes en Masada, ubicado en la cumbre de un monte cerca del Mar Muerto, donde durante tres años resistieron los repetidos intentos romanos para desalojarlos. Cuando los romanos finalmente escalaron Masada e irrumpieron dentro de sus muros, descubrieron que los defensores y sus familias habían preferido darse muerte con sus propias manos que someterse a la esclavitud.

La destrucción total de Jerusalem y del Templo fue catastrófica para el pueblo judío. De acuerdo al historiador judío de la época Flavio Josefo, cientos de miles de judíos perecieron en el asedio a Jerusalem y en distintas partes del país, y muchos miles fueron vendidos como esclavos.

Un último breve período de soberanía judía siguió a la revuelta de Shimón Bar Kojbá (132), durante la cual se recobraron Judea y Jerusalem. Sin embargo, dado el enorme poderío de los romanos, el resultado fue inevitable. Al término de tres años, conforme a la costumbre romana, Jerusalem fue “arada con una yunta de bueyes”; Judea fue llamada Palaestina, y Jerusalem, Aelia Capitolina.

Aunque el Templo fue destruido y Jerusalem quemada hasta los cimientos, los judíos y el judaísmo sobrevivieron su encuentro con Roma. El ente judicial y legislativo supremo, el Sanhedrín (sucesor de la Knéset Haguedolá), fue reconstituido en Yavne (70 EC) y posteriormente en Tiberíades. Sin el marco unificador de un estado y del Templo, la pequeña comunidad judía se recobró gradualmente, siendo reforzada de vez en cuando por exiliados que regresaban. La vida institucional y comunitaria se renovó, los sacerdotes fueron reemplazados por rabinos y la sinagoga pasó a ser el centro de cada comunidad judía, como lo evidencian las ruinas de sinagogas encontradas en Capernaum, Korazín, Baram, Gamla y otros lugares. La Halajá (ley religiosa) pasó a ser el lazo común entre los judíos, y se transmitió de generación en generación.

La Halajá

La Halajá es el conjunto de leyes que ha guiado la vida judía en todo el mundo desde los tiempos post-bíblicos. Trata sobre las obligaciones religiosas de los judíos, tanto en sus relaciones entre ellos como en su conducta ritual y comprende prácticamente todos los aspectos del comportamiento humano – nacimiento y matrimonio, alegría y pesares, agricultura y comercio, ética y teología.

Originada en la Biblia, la autoridad halájica se basa en el Talmud, el compendio de ley y erudición judía (que finaliza aproximadamente en el año 400), que comprende la Mishná -la primera compilación escrita de la Ley Oral (codificada aproximadamente en el año 210), y la Guemará, una elaboración de la Mishná. Para proporcionar una guía práctica de la Halajá, estudiosos religiosos elaboraron diversos compendios concisos y sistemáticos, a partir de los siglos I y II. Entre las más autorizadas de esas codificaciones se cuenta el Shulján Aruj, escrito por Iosef Caro en Safed (Tzfat) en el siglo XVI.
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Construcción del Tercer Templo:

Published on Jan 7, 2014En el libro de Daniel leemos la siguiente profecía: “Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días. Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días.” (Daniel.12:11-12). Esta profecía de Daniel no se cumplió en el año 70 D.C, cuando los romanos destruyeron Jerusalén y el templo, sino que se cumplirá en el futuro. Ahora bien, ¿cuando se cumplirá esta profecía de Daniel 12:11?, veamos:
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Ver además: <a href="http://

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